La insulina es una hormona producida por el páncreas, y su misión es la de regular la presencia de glucosa en sangre. Su administración de forma artificial es, como es sabido, uno de los tratamientos esenciales de la diabetes.

Este tratamiento tiene casi un siglo. Fue en 1921 cuando el médico canadiense Frederick Grant Banting descubrió el papel que la hormona desempeñaba en el organismo, consiguió con ello convertirse en el científico más joven en obtener un premio Nobel, y pudo haberse hecho inmensamente rico… pero prefirió vender la patente por solo un dólar a la Universidad de Toronto.

El caso es que hoy en día, la insulina sigue siendo un lujo químico indispensable para muchas personas que, en algunos casos, deben pagar auténticas fortunas por el tratamiento que les garantiza calidad de vida. Y que la insulina que se administraba hace ochenta años provenía de animales, mientras que la que hoy se utiliza con fines farmacológicos proviene de investigaciones de la industria sobre la insulina humana, y con dispositivos como bombas para que sea más efectiva.

A pesar de la necesaria regulación sobre la industria farmacéutica, la democratización de la ciencia, el hecho de que contemos con medios y conocimientos accesibles, hace que nazca una nueva tendencia… ¿y si un enfermo de diabetes pudiera producir su propia insulina en casa?

Así que el debate está servido. ¿Terminaremos por tener nuestro propia botica en casa para producir los fármacos que necesitamos? ¿Lo permitirán los sistemas oficiales de regulación? Pues parece que aquellas personas que necesitan insulina serán los primeros en enfrentarse al dilema frente a las autoridades sanitarias.