El iris, el sistema de venas de la mano, la antropometría del rostro, las pulsaciones, la longitud y frecuencia de los pasos al caminar, la presión al escribir, la firma, y por supuesto, las huellas dactilares. Todos esos elementos, y otros muchos más conforman el catálogo que se utiliza para verificar la identidad de una persona, para que no se puedan suplantar seres humanos y es una industria que crece al mismo ritmo que la del fraude basado, precisamente, en la usurpación.