La clave de la velocidad de las embarcaciones está en el agua que desplazan: un pesado buque carguero se abre paso entre miles de toneladas, mientras que una lancha rápida se desliza sobre la superficie del mar e incluso planea por el aire, entre ola y ola.

Eso hace que navegue mucho más rápido, pero como contrapartida, su estructura sufre mucho más. Los impactos del casco sobre la superficie terminan por dañar el casco, y en hacerlas inseguras. Deben pasar por el taller con frecuencia (mayor frecuencia cuanto más le guste correr al patrón), a reparar fisuras y grietas.

Pero ese problema tiene los días contados. En la escuela superior de ingenieros navales de la Universidad Politécnica de Madrid trabajan en la mejora de las estructuras, con materiales que absorben gran parte de la energía de esos impactos.