Los mármoles del Partenón en el Museo Británico. La estela del Código de Hammurabi, en el Louvre; el busto de Nefertiti, en el Museo Egipcio de Berlín… Son piezas imprescindibles para entender la Historia de la Humanidad y que se custodian en lugares que se encuentran muy alejados de aquellos otros en los que se encontraban originariamente.

Alejados en kilómetros, pero también alejados metafóricamente, en relación con las civilizaciones a las que pertenecían y a las culturas que son sus hereditarias.

Desde que en el siglo XIX comenzaron a proliferar los museos, y a nacer una conciencia de la necesidad de conservar aquellos objetos que podían estar comprometidos por las guerras, por las catástrofes naturales, por los saqueos… nos hemos hecho muchas preguntas: ¿Hasta qué punto es lícito trasladar piezas de la historia para preservarla?¿Dónde están los límites del peligro y de la seguridad para esos objetos?¿A quién pertenece la historia?