El químico suizo Albert Hoffman no habría pasado a la historia de no haber descubierto casualmente el LSD mientras estudiaba un hongo a partir del que pretendía crear un estimulante circulatorio y respiratorio. Descubrió los efectos del ácido al caerle una gota en las yemas de su mano mientras trabajaba en el laboratorio. Su espacio de trabajo había cambiado, su humor había cambiado y tenía la impresión de que su propia personalidad no era la misma.