Muchas plantas, y sobre todo las verduras cuentan con una película en su capa exterior que se denomina cutina. El origen del término es el mismo que el del cutis, la piel.

Se trata de un polímero lipídico que en su estructura molecular se asemeja a los plásticos sintetizados en laboratorio. Y precisamente por ello, podrían constituir una solución al problema con el que trabajan las instituciones que velan por la correcta utilización de mezclas químicas en productos destinados al consumo humano.
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¿Y de dónde sale este polímero? Pues de desechos de plantas industriales en las que se procesan frutas y verduras, y muy especialmente, el tomate. Esa piel traslúcida y amarillenta es el modelo en el que se fijan los investigadores para desarrollar en laboratorio este bioplástico que incluso podría llegar a aplicarse en formato de spray.

Polímero lipídico, poliéster natural, bioplástico… son las distintas formas de llamar a esta piel que tienen las verduras y que pronto podrán estar en el interior de las latas de bebidas, o incluso envolviendo productos cosméticos, que es otro de los usos que plantean los investigadores.