En algún momento en un futuro cercano, iremos a toda velocidad por la carretera en un coche autónomo, un robot con ruedas, y ante una situación de colisión inevitable, la máquina tendrá que decidir si pone en riesgo la vida de los ocupantes salvando a peatones o a otros ocupantes de otros vehículos, o si salva a su dueño, cueste lo que cueste.

Si condujéramos el automóvil en modo manual, cualquier forma en la que reaccionásemos se consideraría así: una reacción, no una decisión deliberada, meditada. Sería un movimiento de pánico instintivo sin premeditación y sin malicia. Pero el hecho de que un programador tuviera que asignar al vehículo autónomo hacer un movimiento, tomar una decisión en concreto tomando en cuenta las circunstancias que se dieran, y si esa decisión causara muertes, casi podrían considerarse un homicidio premeditado.

Y ese es el único dilema (y desde luego no es menor) al que se enfrenta el desarrollo de los coches autónomos. Por lo demás, todo son ventajas: reducirán drásticamente los accidentes de tráfico y las muertes por la eliminación del error humano en la conducción, además de reducir al mínimo del tiempo de conducción improductivo y estresante, los atascos y las emisiones contaminantes.