En Djurgården, una de las catorce islas que conforman Estocolmo, se encuentra un museo dedicado a un barco, a un barco muy especial, por ser el único del mundo que queda del siglo XVII, y que se hundió en su primer viaje.

El Vasa se hundió porque estaba mal diseñado… Después de realizar los planos, se incluyó una sobrecubierta para que el buque tuviera espacio para albergar los 64 cañones que el propio Rey quería que compusieran la artillería de este navío de guerra. Y esa circunstancia lo hizo tan inestable que bastaron dos golpes de viento para enviarlo al fondo del Báltico, con sus 200 tripulantes, sus 1.200 toneladas, sus 64 cañones y sus 700 esculturas.

Y el Báltico, precisamente, es lo que hizo que se conservara. Este mar tiene una menor proporción de sal de la habitual en el medio marino, y eso hace que no se dé el principal enemigo de los pecios, el Teredo Navalis, que es un molusco que devora madera. Así que el barco se conservó casi intacto hasta que fue reflotado tres siglos después.

El problema es, precisamente, conservarlo ahora, fuera del agua y por eso el Museo Vasa tiene un equipo de científicos estudiando continuamente la mejor forma de hacerlo.